ANDAR EN LOS ZAPATOS DE OTRO

Hay un dicho inglés que dice, valga la redundancia, algo así: TRY WALKING IN MY SHOES, que traducido literalmente es INTENTA ANDAR EN MIS ZAPATOS, o lo que viene a ser lo mismo, INTENTA PONERTE EN MI LUGAR.
También es una canción de Depeche Mode, y como mola, ya aprovecho y cuelo el enlace por aquí.

Vivimos en la era de la inmediatez, el ya y el ahora, quiero esto y lo quiero sin pérdida de tiempo, y en este afán por satisfacer nuestros deseos, desde los más legítimos a los más perversos, nos la suda todo, pensamos solo en nosotros y pisamos emociones, ilusiones y nos llevamos por delante vidas, personas al fin y al cabo.
Todo esto viene a colación de algo que he visto, y aunque no os lo creáis, a veces pienso, razono e intento ser un poquitín menos tonto de lo habitual.
Últimamente tengo tiempo (tampoco sé de dónde sale, pero sorprendentemente lo acabo sacando) para meditar, y en ello estaba cuando, viendo una noticia de televisión, me vi parcialmente reflejado en ella:
Había dos personas, una quería una cosa y la otra, otra. Una necesitaba una cosa pero sus necesidades no coincidían con las de la otra, así que, como quería esa cosa a toda costa, se la sudó tres cojones lo que pensase la segunda persona y se llevó lo que quería, así, sin más.
En definitiva, actuó de forma sumamente egoísta, y en el empeño, lo que se llevó se le cayó de las manos y se rompió. Quizás, si hubiese tenido en cuenta los razonamientos, los pensamientos, la situación y las emociones de la otra persona, el beneficio habría sido el doble para ambos.
Muchas veces la vida es… iba a decir que cruel, pero no. La vida es la vida. Y punto.
Por el mero hecho de que queramos algo, nos llame la atención, nos motive, nos atraiga, nos parezca bello, brillando como un diamante en la oscuridad (ya lo cantaba Rihanna pero antes Van Morrison con su “ancient highway”, temazo, oiga), no significa que lo vayamos a tener o estemos destinados, porque así lo quieren los hados, a tenerlo.
Pero pensamos egoístamente, forzamos la suerte, la situación, y nos olvidamos por completo de que en esta vida la mayoría de las veces entran en juego otra serie de factores además de nuestra simple y mera voluntad.
Porque vivimos rodeados de otras personas, y esas personas han pasado por experiencias que tú no has vivido y que ni te imaginas, han tenido sentimientos que no puedes tener, han tenido otros retos, otras ilusiones, otras mil historias personales que les han llevado hasta el punto en el que se encuentran. Eso es lo que las ha hecho ser lo que son. Igual que la vida que tú has vivido es la que te hace ser lo que eres.
Muchas veces conciliar tu vida con la de las personas a tu alrededor es, por todos esos factores, por todas esas situaciones, complicado (las más) si no imposible (más de una hay).
Y lo único que se puede hacer ahí es ponerse en el lugar del otro, intentar andar en sus zapatos, empatizar, comprender, entender y sobre todo, respetar.
A veces cuadrarás, a veces no.
No es el fin del mundo.
Es la vida, nada más.
Si todos siguiésemos estas premisas que parecen fáciles pero que no lo son tanto, mejor nos iría a todos, y probablemente seríamos más felices.
Al menos tendríamos una sonrisa más real.
A mí, personalmente, me costó entender esto. Me llevó muchos años comprenderme, entenderme y aceptarme a mí mismo, así que hacer lo mismo con terceros… puff, no veas.
Será que me estoy haciendo viejo, y eso no es malo. Sólo he vivido más cosas, y gracias a esas vivencias puedo decir sin quebrárseme la voz que soy capaz de entender muchas situaciones, emociones y sentimientos de terceros, saber por qué actúan o piensan de una manera determina.
No es porque sea más listo, sino porque en algún momento de mi vida yo estuve en esa misma situación. Yo era la persona a la que ahora estoy mirando a la cara. Y sí, la comprendo.
A veces andar en los zapatos de otro es fácil, otras difícil, otras es bello, horroroso, quema, sabe a caramelo o hasta duele. Puede ser mil cosas. Pero lo que sí es, sin duda, necesario.

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